Captan mi atención (normalmente dispersa). Toda esa gente que grita en busca del silencio. Estás tan tranquilo, en una conferencia, una clase, lo que sea. Atiendes más o menos. Se escucha un ruido de fondo. Dicho ruido es algo así (léase mi anterior entrada) como una bestia que de repente crece, y se hace insoportable. En ese momento, a veces mucho antes, se suman los "ssssssshhh", y entonces la orgía sonora está asegurada. Unos hablan, otros mandan callar, tienen algo en común: todos hacen ruido. Como si lo que los ponentes están diciendo pasara de repente a un segundo plano y comenzara una lucha entre "fans" y "haters".
A los que miran distraídos la hora en su móvil, hablan con algún disimulo y se retuercen en la silla, los entiendo: la charla o clase en cuestión no les importará un carajo. Pues que no vayan, se preguntará alguien. Quizás les obliguen o quizás sean de esta gente que se aburre esté donde esté y haga lo que haga, lo cual obviamente es muchísimo peor.
Pero, ¿y los que mandan callar durante toda una hora, cuando en el primer minuto se pudieron dar cuenta de que esto no causa efecto alguno? ¿Qué se supone que quieren conseguir? A mí, personalmente, los sssh me parecen jodidamente molestos, como el "zumbido" de una mosca... (no más de un taco por frase, por favor).
Aunque lo peor de todo, lo que me ha motivado a redactar este artículo, es comprobar cómo mucha de esta gente que manda callar a gritos, también habla. ¿?
En otras palabras, cuando no hacen ruido hablando, lo hacen al molestarse de que los demás hagan lo mismo. Jaja. Esto me está quedando muy coloquial, pero en fin: ¿qué piensan acaso, que cuando charlan ellos no molesta? Supongo que sus propios pedos les olerán muy bien a esta gente. Odio su forma de actuar, pero tranquilos y tranquilas, si también habéis sufrido lo mismo, porque tengo la solución. Daré una conferencia llamada "por qué la gente es tan maleducada en las conferencias", su hipocresía es tal que vendrán todos. Y dios mío, será sublime. Imaginaos lo que podría conseguir con 200 personas que poco callan y mucho mandan callar, encerradas en un auditorio. Daría una conferencia lenta y plomiza, un tostón vamos, arrastrando las pa-la-bras, repitiendo al menos una vez cada leettrrrra. Infinito, sádico, mortal. Ahogados en sus propios silbidos y gritos, sin poder entender nada, odiando a tantos y perdiéndose a sí mismos, sssssshucumbirían al fin.
(silencio)
sábado, 26 de marzo de 2016
viernes, 18 de marzo de 2016
25 años de terror
Disco: Spiderland
Grupo: Slint
Fecha: 27 de Marzo de 1991
Duración: 39:34
Estilo: Post-rock
Puntuación disco: 9
Puntuación disco: 9
La vida de una mosca dura tres semanas, y nos parece insignificante, pero existen grupos que habiéndonos dejado poco más de una hora de música se sienten decisivos, absolutos. Los estadounidenses Slint (Louisville, Kentucky) publicaron un primer disco cuyas canciones llevan el nombre de sus mamis y papis y del perro del batería, para después componer otro donde se alejaron tanto del mundo que crearon uno propio: hablamos de Spiderland, éste es el mundo, éste es el disco, y el 27 de marzo de 2016 ambos están de celebración, pues cumplen un cuarto de siglo, o cinco lustros, o 25 años: en fin, al menos un millón de angustiosas caladas sobre el vacío.
Cuando salió, nadie entendió el disco de las arañas, sus verdaderas influencias tan difíciles de rastrear -como si hubiesen dado un salto de genio y locura-, su gestación por unos púberes, muchos de ellos sin edad para beber. Desde luego, esto no es un compás de 3/4. Salieron de la escena hardcore, y nadie supo a dónde fueron después, hasta que se acuñó la etiqueta post-rock, en un intento vano de encerrar su sonido, que es único y sobrepasa toda definición por palabras, es decir: hay que escucharlo para comprender. Nada tiene que ver esto con lo que hicieron Tortoise o Mogwai. Más que nada porque da miedo. A mí Spiderland me parece música de terror, estamos en la mansión del conde Drácula buscando pasadizos para escapar y de repente: ¡pum! Un golpe, un grito (precisemos: un chillido), sangre, monstruosidad, colmillos que muerden. Y luego el silencio. Pero no quiero ahogarme en más párrafos farragosos, que comenzaron con una mosca y podrían llevarnos sabe Dios dónde pero terminan aquí.
Lo que haré hoy es escuchar de nuevo las seis canciones de este disco maldito -el siguiente paso de Slint fue separarse- y comentar las imágenes que me vengan a la mente. Por cierto, antes de que se me olvide, la portada es cojonuda.
Breadcrumb Trail
En lo inextricable del bosque, en lo eterno de la soledad, mi coche de segunda mano se ha quedado sin energías. La única construcción cercana es una pequeña torre que ahora veo. Camino hacia ella siguiendo un raíl de cenizas extrañas. Su puerta se abre sin hacer ruido, pero por ella han pasado las personas y los años, así que al cerrarse la madera cruje como mil bestias. No hay nadie en el umbral, sólo unas escaleras de caracol que parecen interminables. Al fondo diviso alguna luz, abajo, procede de una pequeña lámpara. Sobre la mesa está tendido un muerto y alguien se mueve alrededor.
En lo inextricable del bosque, en lo eterno de la soledad, mi coche de segunda mano se ha quedado sin energías. La única construcción cercana es una pequeña torre que ahora veo. Camino hacia ella siguiendo un raíl de cenizas extrañas. Su puerta se abre sin hacer ruido, pero por ella han pasado las personas y los años, así que al cerrarse la madera cruje como mil bestias. No hay nadie en el umbral, sólo unas escaleras de caracol que parecen interminables. Al fondo diviso alguna luz, abajo, procede de una pequeña lámpara. Sobre la mesa está tendido un muerto y alguien se mueve alrededor.
Nosferatu Man
Llego abajo, al último peldaño de la escalera. Me mira directamente a los ojos un hombre canoso y encorvado. Una parte de su cuerpo es pálida a la luz, la otra está en completa oscuridad. Sin dejar de vigilar de reojo su trabajo, el viejo se acerca. Y me grita, y me grita. Tiene un destornillador en la mano, camina con pasos torpes. ¿Qué quieres? ¿Qué haces en mi torre? ¿Buscas algo? Nada, le contesto. Y me sonríe: si no buscaras nada no estarías aquí. Tengo que decirle la verdad. Mi coche se había quedado sin combustible en medio del bosque y a lo lejos se veía este extraño edificio. He entrado para preguntar cómo conseguir gasolina o refugio. Esto está perdido entre una infinidad de árboles y de lobos y me he quedado seco.
Don, Aman
Ciertamente, es una pena, contestó el viejo. ¿Tú sabes qué es esto? Me preguntó, bastante serio. Parecía un cadáver, sin duda lo era, así que le contesté: no, no tengo ni idea. Si usted no sabe dónde puedo parar a repostar, mejor me iré y ya mañana cuando amanezca llamaré por teléfono y pensaré algo. El jorobado tenía una vena en la cabeza y se le estaba hinchando. Yo di el primer paso hacia atrás, sin volverme. Él bebió de un vaso verde, salían de él pequeñas llamaradas. Tranquilízate, tranquilízate amigo. Eso dijo y daba un sorbo entre cada palabra, luego concluyó: de todos modos no vas a salir de aquí. Bebe. Luego no necesitarás gasolina ni necesitarás nada.
Washer
Me parece una buena oferta, señor, pero se me ha hecho tarde. Di otro paso. Él ya no me miraba a mí, sino al cuerpo. ¡Es un muerto, esto es un muerto! -gritó- ¿Acaso no lo sabes, coño? Enfurecido, agarró otro vaso, ahora rojo (los había de todos los colores, sobre una estantería) y abrió la boca del cadáver introduciendo el secreto brebaje bajo sus muelas. Y añadió a ese acto: puedes empezar a correr.
For Dinner
Las piernas no me responden, como si fueran de otro. Y el dueño de la mansión sonríe tanto que el techo comienza a deshacerse. Alguien (o algo, o nada) ha clavado mis pies al suelo y están sangrando. Pero no siento dolor todavía. Sólo miedo. El monstruo ha despertado, digo monstruo porque ahora es enorme, intento arrancar los clavos pero ninguno de mis flácidos brazos consigue moverlos un milímetro. El ser se acerca y abre su boca, que es de mi tamaño y luego es la torre y luego el bosque, en cuanto me toca los músculos se desgarran y los huesos parten como si fueran cerámica, y ahora sí, ahora duele. La oscuridad es absoluta y yo soy un fango reptando en el interior del monstruo, en plena oscuridad, mas no silencio, porque aún escucho al viejo, que exclama: ¡sabías demasiado! ¡pensabas demasiado! ¡habías dado demasiadas vueltas y llegaste aquí y tenías que morir! Ahora serás un nuevo experimento...
Good Morning
Despierto y no hay clavos, ni torre, ni siquiera un árbol o alguna planta; sólo los informes que me había pedido el Jefe, sobre la mesilla. Y me alegro, la verdad: ya no veo tan malos sus gritos, ni el crepitar de las máquinas, ni siquiera el infinito etiquetado de cosas infinitas, que de no terminarse pueden terminar conmigo; así que me intento levantar para ir al trabajo, pero al final el viejo tenía razón y ya es tarde. Siento húmeda la frente, allí llevo mi mano y ahora es roja. No puede ser pero así es, y aquí está el monstruo de la torre que creí haber despistado en sueños. Lo último que veo es una garra y el reflejo del Sol en ella. Así morí en el sueño del que no despiertas.
miércoles, 16 de marzo de 2016
CIELO NEGRO
No consigo ver estrellas en el cielo, ninguna.
Porque es un cielo negro, de alquitrán, y un par de tímidas luces jamás lograrán atravesarlo. Camino por calles que parecen vacías, pero están llenas
de ruido, él me atraviesa pero no sé dónde está: sólo va y viene, como un latido.
Desciendo con cuidado las escaleras de la
catedral. De pequeño, amaba bajar aquí, solo, esperando la lluvia,
hasta que un día aprendí la ubicación exacta de columnas, ventanas, estatuas,
todos los ladrillos uno a uno.
Otro día quedé ciego. Pero dentro de mí retumba,
vivo y triunfante, cada grano de polvo de la Catedral de Santiago. Hoy puedo
oler los charcos, las botas de la gente, las paredes milenarias, y puedo
recordarla tal y como estaba.
*Dedicado a Jorge Luis Borges y James Joyce, que acabaron de escribir su revolucionaria obra estando ya completamente ciegos, sin poder ver nada más que su desorbitado ingenio, recuerdos y fantasías.
*Dedicado a Jorge Luis Borges y James Joyce, que acabaron de escribir su revolucionaria obra estando ya completamente ciegos, sin poder ver nada más que su desorbitado ingenio, recuerdos y fantasías.
martes, 15 de marzo de 2016
NIEVE EN ZARAGOZA
Aunque
no seamos conscientes de ello, contamos historias constantemente -es
inevitable- en la sucesión de nuestros actos. Ahora simplemente voy a
dejar una por escrito.
Entre
ayer y hoy, sin saber muy bien por qué ni para qué, he pasado un día a
solas en Zaragoza, ciudad que para mí es laberinto porque nunca antes la
había visitado.
Buscaba un milagro.
Lo
dificultó el hecho de llegar física y mentalmente regular, así que
durante la noche no hice nada reseñable: buscar una pensión, acostarme y
dormir. Desperté a las diez, soñé hasta las doce y me levantaron a la
una dos golpes en la puerta. Desayuné y comí en el mismo sitio (la
cafetería de la pensión) y de una sola vez.
Mi intención era pasear un poco, ver la catedral, perderme por ahí, pero empezó a llover y eso me ató a la silla.
Leí
todos los periódicos, los regionales celebraban -alguno incluso en
primera plana- las victorias de Toni Abadía y Cristina Espejo en sus
categorías respectivas del campeonato de España de Campo a través
celebrado este fin de semana en Calatayud.
El
Mundo hablaba de una manifestación taurina a la que asistieron 50.000
personas. Coincidencias de la vida, un diario cuyo nombre no recuerdo
relataba otra reunión también taurina, a la que sólo fueron 10.000
personas, y se celebró el mismo día en el mismo sitio. El Periodismo es
una carrera de letras.
De
repente, comenzó a nevar. Diez años que no cae una así en Zaragoza,
dijo el camarero. Yo pensé: vaya cosa, más tiempo hace que no gana 1-2
el Madrid a las Palmas marcando Casemiro en los últimos cinco minutos; y
aunque la mitad de las páginas del Marca traten sobre ese equipo,
pasará casi una eternidad hasta que vuelva a leer de nuevo en ellas la
crónica de este partido, a menos que todo (presente, pasado, futuro,
posible, imposible) esté sucediendo a la vez, de forma simultánea, como
creen los dioses.
La gente se agolpa en la puerta para fotografiar el lento, perezoso caer de la nieve.
Al final, pasé todo el día en el bar.
La cuestión es que allí había un tipo, pegado a la barra por la fuerza gravitatoria de un par de cervezas, que cada quince minutos gritaba: "¡va a cuajar, ya va a cuajar seguro!" O mejor dicho gruñía, porque tenía las cuerdas vocales rotas y sus palabras sonaban como el eco de una sierra cortando metal. Miraba a los presentes con los ojos iluminados, sintiendo esa fraternidad que une a los espectadores de un suceso extraordinario: sí, mientras que para mí sólo nevaba, él veía un pequeño milagro en cada copo, supongo que al ser blancos (como la camiseta del CAS, o la de la selección gallega) encierran todos los colores y lo que uno quiera ver en ellos.
En
fin, ¿qué sentido tiene maravillarse por un fenómeno meteorológico? La
cuestión es que al fulano le hacía mucha ilusión. Cuando se marchó,
arrastrando la pata de palo, todavía gritaba: "¡ahora, ahora va a
cuajar!" Al final salí, para coger el tren. No había cuajado una puta
mierda. Pero yo había perdido y él ganado: vivió algo sobrenatural. Para mí, fue un día insustancial en el que no ocurrió nada, él recordará esto como un tótem mientras sus pies caminen sobre la tierra.
A
veces te esfuerzas meses, años, y luego nada. Yo pienso que los
milagros no existen, ¡qué cojones!, claro que no existen, pero
paradójicamente necesito creer en ellos, así que me vendría bien tener
cerca, en lugar de esa voz que me culpa y me castiga, al viejo pirata, y
que cuando escriba, corra o entregue mi alma a cualquier cosa, grite: "
¡que va a cuajar! ¡está a punto de ocurrir el milagro!" Aunque luego,
obviamente, no sea cierto.
Entonces pienso: si ya tengo algo parecido, sólo que no les había hecho caso, de puro escepticismo.
Toda
esa gente que me apoya pase lo que pase, y sigue depositando en mí su
confianza sin sentido aparente, como mi madre, que siempre encuentra una
excusa cuando pierdo: que si eran mayores, que si había estado enfermo,
que si era muy larga la prueba, que si era corta, que si había barro, o
curvas, o cuestas, o era jodidamente llano el circuito. Y yo, en vez de
agradecérselo, me enfadaba con ella.
Querría volver a ser uno de esos niños que construyen por décima vez el castillo de arena que nueve veces han tumbado las olas.
Así
que, en conclusión, esto va por todos mis compañeros, y los compañeros
de todos, hombres y mujeres que no hayan cedido al realismo. Seguid creyendo en milagros,
por los que ya no podemos. Os necesitamos.
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